Marc Bloch o el oficio de historiador - Henys

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Marc Bloch o el oficio de historiador


Por; Henys Peña (03/05/2017).

En el marco de la maestría en historia mediante convenio entre el Centro Nacional de la Historia (CNH) y la Universidad Nacional de las Artes (UNEARTES), iniciada a principios del 2017, se han venido abordando diversos aspectos relacionados con el “oficio de historiador”, de allí este análisis de un autor de reconocida valía, y específicamente una sus obras, “Apología para la historia o el oficio de historiador” de Marc Bloch.

Iniciaremos analizando el contexto en que se escribe este libro y las ineludibles influencias de las que está impregnado, para luego analizar, de la obra mencionada, el primer capítulo titulado “I La historia, los hombres y el tiempo”, formulando en forma de interrogantes los cinco subtítulos en que divide el autor este capítulo; ¿Cual es (1) “La elección del historiador” de Marc Bloch”?, ¿(2) “La historia y los hombres” o de cuales hombres que historia?, ¿(3) “El tiempo histórico”?, ¿(4) “El ídolo de los orígenes” o de la idolatría?, ¿(5) “Pasado y presente” en la historia?.

Para empezar, Marc Léopold Benjamin Bloch (Lyon, 6 de julio de 1886 - Saint-Didier-de-Formans, 16 de junio de 1944) fue un historiador francés especializado en la historia de la Francia medieval y fundador de la Escuela de los Annales (por la revista francesa Annales d'histoire économique et sociale), destacado intelectual francés de la primera mitad del siglo XX, que durante la Segunda Guerra Mundial se unió a la resistencia francesa, siendo detenido por la Gestapo el 8 de marzo de 1944 y posteriormente fusilado junto con otros 29 partisanos franceses. En su obra póstuma "La extraña derrota" escribió: "Afirmo, pues, si es necesario, frente a la muerte, que nací judío... Extraño a todo formalismo confesional como a toda solidaridad pretendidamente racial, me he sentido, durante toda mi vida, ante todo y simplemente francés... Muero, como he vivido, un buen francés".

Bloch ha tenido gran influencia en el campo de la historiografía a través de los Annales y de su manuscrito inacabado, editado por su amigo Lucien Febvre, que fue traducido como "Apología para la historia o el oficio de historiador", en el que trabajaba cuando fue asesinado por los nazis. El libro es uno de los más notables de la historiografía del siglo XX, con una nueva forma de acercarse a las fuentes, en contraposición de lo hecho por su maestro Charles Seignobos.

¿Cuál es (1) “La elección del historiador” de Marc Bloch”?

No arroja luces sobre su “elección” y es este el más corto de los cinco subtítulos, parece interesado en advertir, diferenciar, cultivar cierto pensamiento crítico, e incluso confrontar, desiste prontamente de un primer intento de conceptualizar, no sin antes enfatizar la “investigación” como su constante y finaliza redondeando “frente a la inmensa y confusa realidad, el historiador necesariamente es llevado a delimitar el punto particular de aplicación de sus herramientas; por ende, a hacer una elección, la cual evidentemente no será igual a la del biólogo, por ejemplo; sino que será propiamente la elección de un historiador” (pág. 54).

¿(2) “La historia y los hombres” o de cuales hombres que historia?

Empieza a demarcar, y al demarcar excluir temas o asuntos que no son propios de la “historia”, entonces la historia es la historia del hombre, como la historia de los astros compete a la astronomía, al tiempo que procura ahondar en el sentido del tiempo y denunciar como impropio a su parecer la afirmación “La historia es la ciencia del pasado”.

Luego de recurrir a un largo y complejo ejemplo (“un golfo profundo, el Zwin, en la costa flamenca”), es capaz de sintetizar de modo poético “El buen historiador se parece al ogro de la leyenda. Ahí donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su presa” (pág. 54), le importa el entorno, le importa el clima, los astros y la geografía, la geología, pero su razón de ser es el hombre, todo en cuanto afecte, impacte, se relaciones con el ser humano.

Al reflexionar sobre la “historia” de la historia, aborda el dilema de ciencia o arte, que inscribe hacia 1800, así como la influencia del positivismo hacia 1890, que signa como “un tanto rudimentario” (pág. 54), y como se muestran los “especialistas” (ídem) un tanto “indignados” (ídem) por el acento dado a la forma (Arte contra ciencia, forma contra fondo), quizás es aquí donde cabe la pregunta ¿De cuáles hombres, que historia?, no tanto por lo que afirma, sino por lo que omite, pues ya para estos días han pasado unos 60 años de la última obra de Marx, y valga su propio ejemplo, el del golfo profundo de Zwin, como ejemplo de su escaso interés en la historia de las relaciones económicas de “los hombres”.

Despacha si, el asunto de “ciencia o arte” en una línea argumental nuevamente poética “cada ciencia tiene su propia estética del lenguaje… Ahí donde resulta imposible calcular, se impone sugerir... ¿Se podrá negar qué, así como existe un tacto de la mano, existe un tacto de las palabras?” (ídem).

¿(3) “El tiempo histórico”?

Ya parece haber insistido suficiente en cuanto a la historia como ciencia antropocéntrica, y discriminado a esta ciencia de otras ciencias, y la historia de cada una de ellas, este subtitulo lo dedica Bloch a incorporar y profundizar en la tercera noción que le parece relevante, la del tiempo, la "de los hombres en el tiempo" (pág. 58).

No parece informado de los aportes de la física y la teoría de la relatividad, cuyo supuesto básico es que la localización de los sucesos físicos, tanto en el tiempo como en el espacio, son relativos al estado de movimiento del observador, anunciada por Einstein en 1915, pero si se muestra interesado en “La atmósfera donde su pensamiento respira naturalmente es la categoría de la duración” (ídem) (lo humano), para Bloch no amerita mención la física, no para tomar como la sociología, conceptos y categorías para su validación científica, sino para asomar por lo menos que esta ciencia que avanzaba a pasos agigantados, transformando definitivamente el paisaje de la humanidad, va dar soporte al materialismo histórico, aun a disgusto de sus mejores exponentes, esta ciencia no le permitiría afirmar con tanta superficialidad su atrevida frase “En verdad no es fácil imaginar una ciencia, cualquiera que sea, que pueda hacer abstracción del tiempo” (ídem), claro está, si y solo si se borra de un “desmemoriazo” la física, su teoría de la relatividad y el modelo matemático del espacio tiempo.

Tiene palabras halagadoras para la ¿atomística? y para el geólogo, al afirmar “El número de segundos, de años o de siglos que un cuerpo radioactivo necesita para convertirse en otros cuerpos es un dato fundamental para la atomística. Pero el hecho de que tal o cual de esas metamorfosis haya tenido lugar hace mil años, ayer u hoy, o bien que se deba producir mañana, probablemente interesaría al geólogo, porque la geología es, a su manera, una disciplina histórica; pero al físico lo deja perfectamente impávido” (ídem), nuevamente para la física depara por respuesta esta vez la “impavidez” refiriendo quizás a falta de respuesta.

Parece ceder un tanto a la dialéctica al afirmar “Ahora bien, este tiempo verdadero es, por naturaleza, un continuo. También es cambio perpetuo. De la antítesis de estos dos atributos provienen los grandes problemas de la investigación histórica” (ídem) para problematizar “Esto, antes que nada, cuestiona hasta la razón de ser de nuestros trabajos” (ídem) y filosofar “En el caso de dos periodos consecutivos extraídos de la sucesión interrumpida de los tiempos —el vínculo establecido por el flujo de la duración puede ser más fuerte o más débil que la desemejanza entre ambos— ¿habrá que considerar el conocimiento del periodo más antiguo como algo necesario o como algo superfluo para el conocimiento del más reciente?” (ídem), cabría preguntar ¿Cuál sería la ecuación de la relación del historiador (observador) con respecto a la magnitud tiempo (flujo de duración)?.

¿(4) “El ídolo de los orígenes” o de la idolatría?

Dedica Bloch una larga disertación a resaltar la importancia que valora excesiva dada a los “orígenes”, las dudas y contradicciones que se dan a partir de su conceptualización, pasando por “De suerte que, en muchos casos, el demonio de los orígenes quizá sólo fue un avatar de este otro enemigo satánico de la verdadera historia: la manía de enjuiciar” (pág. 61). Para explicarse mejor no duda en recurrir la religión “En pocas palabras, la cuestión no es saber si Jesús fue crucificado y después resucitó. Lo que ahora hay que entender es por qué tantos hombres a nuestro alrededor creen en la Crucifixión y en la Resurrección” (pág. 62), parece reflexionar sobre una contradicción dicotómica entre origen-consecuencia, así pues, insiste Bloch “El roble nace de la bellota. Pero llega a ser roble y continúa siendo roble sólo si encuentra las condiciones favorables del medio que no dependen de la embriología” (ídem), no desiste en su empeño de argumentar la ruptura con la embriología (orígenes), para llegar al centro de su argumento “Se ha citado la historia religiosa sólo a manera de ejemplo. Sea cual fuere la actividad humana que se estudie, el intérprete siempre se ve acechado por el mismo error: confundir concatenación con explicación” (ídem), con ello queda claro que su preocupación es romper con la idolatría al origen (embrión), destruirla.

“En pocas palabras, un fenómeno histórico nunca se explica plenamente fuera del estudio de su momento. Esto es cierto para todas las etapas de la evolución. Para la que vivimos y para las otras. El proverbio árabe lo dijo antes que nosotros: ´Los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres´. Por no haber meditado sobre esta sabiduría oriental, el estudio del pasado a veces se ha desacreditado” (pág. 64).

¿(5) “Pasado y presente” en la historia?

Retoma el tema del tiempo, pero ahora inicia con dos de sus momentos, pasado presente. Se interroga Bloch “¿Qué es en efecto el presente?” sin titubear se responde “En lo infinito de la duración, un punto minúsculo que sin cesar se esquiva; un instante que muere tan pronto como nace. Acabo de hablar, acabo de actuar y mis palabras o mis actos se hunden en el reino de Memoria. Éstas son las palabras, a la vez triviales y profundas, del joven Goethe: no hay presente, sólo devenir” (pág. 64). Es un tanto mas parco, pues en lugar de afirmar la dificultad de imaginar una ciencia que pueda hacer abstracción del tiempo, como hizo antes, ahora afirma “Una pretendida ciencia del presente, condenada a una eterna transfiguración, se metamorfosearía, en cada momento de su ser, en ciencia del pasado” (ídem) no está la física y su representación del presente como un hiperplano de espacio-tiempo, al que se le suele llamar "ahora", dentro de las categorías ni argumentos de Bloch, a pesar de que la física moderna demuestra que tal hiperplano no puede ser definido de manera única para observadores en movimiento relativo. Pero insiste Bloch "Si el momento actual, en el sentido estricto del término, no es sino algo qué continuamente se esfuma, la frontera entre el presente y el pasado se desplaza con un movimiento no menos constante" (pág. 65).

Deja si claro, que "Algunos, al considerar que los hechos más cercanos a nosotros son, por lo mismo, rebeldes a todo estudio realmente sereno, simplemente quieren evitar que la casta Clío tenga contactos demasiado ardientes” (pág. 66) quizás porque Clío, en la mitología griega, es la musa de la historia y de la poesía heroica, esta afirmación quizás explique su vocación de escribir con cierto dejo poético.

En el contraste pasado presente, de quienes solo analizan este último afirma "En pocas palabras, consideran que la época en la que viven está separada de las que la precedieron por contrastes muy vivos como para no llevar en sí misma su propia explicación" (ídem), como de quienes solo muestran interés en el pasado "También es esa la actitud instintiva de muchos simples curiosos. La historia de los periodos un poco lejanos sólo los seduce como un inofensivo lujo intelectual" (ídem) y resalta "Así, por un lado tenemos un puñado de anticuarios ocupados por una macabra dirección en desfajar a los dioses muertos y por la otra a los sociólogos, economistas, publicistas —únicos exploradores de lo vivo... Lo curioso es que la idea de este cisma surgió hace muy poco" (ídem).

Para insistir en sus argumento no duda en citar a Michelet (Jules Michelet, París, 21 de agosto de 1798 - Hyères, 9 de febrero de 1874, fue un importante historiador francés), para reafirmar "Quien quiera atenerse al presente, a lo actual, no comprenderá lo actual" (El pueblo) (pág. 67) y de Leibniz (Gottfried Wilhelm Leibniz, a veces Gottfried Wilhelm von Leibniz, Leipzig, 1 de julio de 1646 - Hannover, 14 de noviembre de 1716, fue un filósofo, lógico, matemático, jurista, bibliotecario y político alemán) resalta "los orígenes de las cosas presentes encontrados en las cosas pasadas"... "una realidad no se comprende mejor sino por sus causas" (ídem), pareciera estar reargumentando contradiciendo sus propias afirmaciones anteriores en contra del ídolo de los orígenes, pero no, realmente establece la sincronía entre el pasado y el presente en la historia.

En una nota de pie de página nos da un resumen de su idea "El presente y el pasado se penetran entre sí. A tal punto que en lo que se refiere a la práctica del oficio de historiador, sus lazos tienen doble sentido. Si para quien quiere comprender el presente, la ignorancia del pasado resulta funesta, lo recíproco — aunque no siempre se caiga claramente en la cuenta— no es menos cierto" (pág. 70).

Dedica más adelante largas cavilaciones, autorrefenciando su experiencia en la primera guerra mundial, sobre el importante papel de la sensibilidad, la comprensión plena de los sucesos, más allá de los datos y relatos, y se atreve a afirmar "Porque el camino natural de toda investigación es ir de lo mejor conocido o lo menos mal conocido, a lo más oscuro" (pág. 72).

Un par de observaciones finales al oficiante de historiador merecen especial atención, la primera en cuanto a que "Aislado, ningún especialista entenderá nada sino a medias, incluso en su propio campo de estudio; y la única historia verdadera, que no puede hacerse sino con ayuda mutua, es la historia universal" (pag 73).

En la segunda inserta una observación que rompe con la tradicional conceptualización de las ciencias, a partir del objeto de estudio “… una ciencia no se define únicamente por su objeto. Sus límites también pueden marcarse por la naturaleza propia de sus métodos. Falta todavía preguntarnos si, a medida en que nos acercamos o alejamos del momento presente, las técnicas mismas de la encuesta no deberían ser radicalmente distintas. Esto equivale a plantear el problema de la observación histórica” (pág. 74) con ello se adentra profundamente en un novedoso concepto de la ciencia a partir del método de estudio, abriendo un debate en el mundo "riguroso" de la "ciencia".

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